Sunday, September 21, 2014

Zbigniew Preisner: Requiem For My Friend - In Memory of Alicia





In memory of Alicia, my mother in law.

Rest in peace. Died after fighting cancer, September 15th, 2014.




Sunday, August 3, 2014

Robert Graves: Two Fusiliers





And have we done with War at last? 
Well, we’ve been lucky devils both, 
And there’s no need of pledge or oath 
To bind our lovely friendship fast, 
By firmer stuff
Close bound enough. 

By wire and wood and stake we’re bound, 
By Fricourt and by Festubert, 
By whipping rain, by the sun’s glare, 
By all the misery and loud sound,
By a Spring day, 
By Picard clay. 

Show me the two so closely bound 
As we, by the red bond of blood, 
By friendship, blossoming from mud,
By Death: we faced him, and we found 
Beauty in Death, 
In dead men breath. 



Ivor Gurney: To The Poet Before Battle




Now, youth, the hour of thy dread passion comes;
Thy lovely things must all be laid away;
And thou, as others, must face the riven day
Unstirred by rattle of the rolling drums
Or bugles' strident cry. When mere noise numbs
The sense of being, the sick soul doth sway,
Remember thy great craft's honour, that they may say
Nothing in shame of poets. Then the crumbs
Of praise the little versemen joyed to take
Shall be forgotten; then they must know we are,
For all our skill in words, equal in might
And strong of mettle as those we honoured. Make
The name of poet terrible in just war,
And like a crown of honour upon the fight. 



Saturday, August 2, 2014

Isaac Rosenberg: Break of Day in the Trenches





The darkness crumbles away 
It is the same old druid Time as ever, 
Only a live thing leaps my hand, 
A queer sardonic rat, 
As I pull the parapet's poppy
To stick behind my ear. 
Droll rat, they would shoot you if they knew 
Your cosmopolitan sympathies, 
Now you have touched this English hand 
You will do the same to a German
Soon, no doubt, if it be your pleasure 
To cross the sleeping green between. 
It seems you inwardly grin as you pass 
Strong eyes, fine limbs, haughty athletes, 
Less chanced than you for life,
Bonds to the whims of murder, 
Sprawled in the bowels of the earth, 
The torn fields of France. 
What do you see in our eyes 
At the shrieking iron and flame
Hurled through still heavens? 
What quaver -what heart aghast? 
Poppies whose roots are in men's veins 
Drop, and are ever dropping; 
But mine in my ear is safe,
Just a little white with the dust. 


Edmund Blunden: 1916 seen from 1921




Tired with dull grief, grown old before my day,
I sit in solitude and only hear
Long silent laughters, murmurings of dismay,
The lost intensities of hope and fear;
In those old marshes yet the rifles lie,
On the thin breastwork flutter the grey rags,
The very books I read are there—and I
Dead as the men I loved, wait while life drags

Its wounded length from those sad streets of war
Into green places here, that were my own;
But now what once was mine is mine no more,
I seek such neighbours here and I find none.
With such strong gentleness and tireless will
Those ruined houses seared themselves in me,
Passionate I look for their dumb story still,
And the charred stub outspeaks the living tree.

I rise up at the singing of a bird
And scarcely knowing slink along the lane,
I dare not give a soul a look or word
Where all have homes and none’s at home in vain:
Deep red the rose burned in the grim redoubt,
The self-sown wheat around was like a flood,
In the hot path the lizard lolled time out,
The saints in broken shrines were bright as blood.

Sweet Mary’s shrine between the sycamores!
There we would go, my friend of friends and I,
And snatch long moments from the grudging wars,
Whose dark made light intense to see them by.
Shrewd bit the morning fog, the whining shots
Spun from the wrangling wire: then in warm swoon
The sun hushed all but the cool orchard plots,
We crept in the tall grass and slept till noon. 


Saturday, July 26, 2014

Mario Vargas Llosa: El Elefante y la Cultura





El nacionalismo es una aberración, es la cultura de los incultos. Trae estancamiento porque ninguna cultura se ha hecho sola y la originalidad no está reñida con las influencias. Lo demuestran casos como el de Rubén Darío, Octavio Paz y Jorge Luis Borges. La cultura se fortalece abriendo puertas y ventanas, de par en par, a todas las corrientes intelectuales, científicas y artísticas, estimulando la libre circulación de las ideas.

El autor reclama en el ámbito de la cultura misma libertad y el mismo pluralismo que deben reinar en lo político y en lo económico en una sociedad democrática. El Estado debe crear las condiciones más propicias para la vida cultural e inmiscuirse lo menos posible en ella. No debe imponer ni privilegiar doctrinas, teorías o ideologías, sino permitir que éstas florezcan y compitan libremente. A los intelectuales y productores culturales de todo orden les incumbe una tarea audaz y formidable: la vida cultural no puede ser hoy, como ayer, una actividad de catacumbas, de clérigos encerrados en conventos o academias, sino algo a lo que puede y debe tener acceso el mayor número.

Cuenta el historiador chileno Claudio Véliz que, a la llegada de los españoles, los indios mapuches tenían un sistema de creencias que ignoraba los conceptos de envejecimiento y de muerte natural. Para ellos, el hombre era joven e inmortal. La decadencia física y la muerte sólo podían ser obra de la magia, las malas artes o las armas de los adversarios. Esta convicción, sencilla y cómoda, ayudó a los mapuches a ser los feroces guerreros que fueron. No los ayudó, en cambio, a forjar una civilización original.

La actitud de los viejos mapuches está lejos de ser un caso extravagante. En realidad, se trata de un fenómeno extendido.

Atribuir la causa de nuestros infortunios o defectos a los demás —al “otro”— es un recurso que ha permitido a innumerables sociedades e individuos, si no librarse de sus males, por lo menos soportarlos y vivir con la conciencia tranquila. Enmascarada detrás de sutiles razonamientos, oculta bajo frondosas retóricas, esta actitud es la raíz, el fundamento secreto, de una remota aberración a la que el siglo XIX volvió respetable: el nacionalismo.

Dos guerras mundiales y la perspectiva de una tercera y última, que acabaría con la humanidad, no nos han librado de él, sino, más bien, parecen haberlo robustecido.

Resumamos brevemente en qué consiste el nacionalismo en el ámbito de la cultura. Básicamente, en considerar lo propio un valor absoluto e incuestionable y lo extranjero un desvalor, algo que amenaza, socava, empobrece o degenera la personalidad espiritual de un país. Aunque semejante tesis difícilmente resiste el más somero análisis y es fácil mostrar lo prejuiciado e ingenuo de sus argumentos, y la irrealidad de su pretensión —la autarquía cultural—, la historia nos muestra que arraiga con facilidad y que ni siquiera los países de antigua y sólida civilización están vacunados contra ella. Sin ir muy lejos, la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, la Unión Soviética de Stalin, la España de Franco, la China de Mao practicaron el “nacionalismo cultural”, intentando crear una cultura incomunicada y defendida de los odiados agentes corruptores —el extranjerismo, el cosmopolitismo— mediante dogmas y censuras.

Pero en nuestros días es sobre todo en el Tercer Mundo, en los países subdesarrollados, donde el nacionalismo cultural se predica con más estridencia y tiene más adeptos. Sus defensores parten de un supuesto falaz: que la cultura de un país es, como las riquezas naturales y las materias primas que alberga su suelo, algo que debe ser protegido contra la codicia voraz del imperialismo, y mantenido estable, intacto e impoluto, pues su contaminación con lo foráneo lo adulteraría y envilecería.

Luchar por la “independencia cultural”, emanciparse de la “dependencia cultural extranjera” a fin de “desarrollar nuestra propia cultura” son fórmulas habituales en la boca de los llamados progresistas del Tercer Mundo.

Que tales muletillas sean tan huecas como cacofónicas, verdaderos galimatías conceptuales, no es obstáculo para que resulten seductoras a mucha gente, por el airecillo patriótico que parece envolverlas.

Y en el dominio del patriotismo, ha escrito Borges, los pueblos sólo toleran afirmaciones. Se dejan persuadir por ellas, incluso, se creen invulnerables a las ideologías autoritarias que las promueven. Personas que dicen creer en el pluralismo político y en la libertad económica, que dicen ser hostiles a las verdades únicas y a los estados omnipotentes y omniscientes, suscriben, sin embargo, sin examinar lo que ellas significan, las tesis del nacionalismo cultural. La razón es muy simple: el nacionalismo es la cultura de los incultos y éstos son legión.

Hay que combatir resueltamente estas tesis, a las que la ignorancia de un lado y la demagogia, de otro, han dado cartas de ciudadanía, pues ellas son un tropiezo mayor para el desarrollo cultural de países como el nuestro. Si ellas prosperan, jamás tendremos una vida espiritual rica, creativa y moderna, que nos exprese en toda nuestra diversidad y nos revele lo que somos ante nosotros mismos y ante los otros pueblos de la tierra.

Si los propugnadores del nacionalismo cultural ganan la partida y sus teorías se convierten en política oficial del “ogro filantrópico” —como ha llamado Octavio Paz al Estado de nuestros días—, el resultado es previsible: nuestro estancamiento intelectual y científico y nuestra asfixia artística; eternizarnos en una minoría de edad cultural, y representar, dentro del concierto de las culturas de nuestro tiempo, el anacronismo pintoresco, la excepción folklórica, a la que los civilizados se acercan con despectiva benevolencia sólo por sed de exotismo o nostalgias de la edad bárbara.

En realidad, no existen culturas “dependientes” y “emancipadas” ni nada que se les parezca. Existen culturas pobres y ricas, arcaicas y modernas, débiles y poderosas. Dependientes lo son todas, inevitablemente. Lo fueron siempre, pero lo son más ahora, en que el extraordinario adelanto de las comunicaciones ha volatizado las barreras entre las naciones y ha hecho a todos los pueblos copartícipes inmediatos y simultáneos de la actualidad.

Ninguna cultura se ha gestado, desenvuelto y llegado a la plenitud sin nutrirse de otras y sin, a su vez, alimentar a las demás, en un continuo proceso de préstamos y donativos, influencias recíprocas y mestizajes, en el que sería dificilísimo averiguar qué corresponde a cada cual.

Las nociones de “lo propio” y “lo ajeno” son dudosas, por no decir absurdas, en el dominio cultural. En el único campo en el que tienen asidero —el de la lengua— ellas se resquebrajan si tratamos de identificarlas con las fronteras geográficas y políticas de un país y convertirlas en sustento del nacionalismo cultural.

Por ejemplo, ¿es “propio” o es “ajeno” para los peruanos el español que hablamos junto con otros trescientos millones de personas en el mundo?

Y entre los quechuahablantes del Perú, Bolivia y Ecuador, ¿quiénes son los legítimos propietarios de la lengua y la tradición quechua, y quiénes los “colonizados” y “dependientes” que deberían emanciparse de ellas?

A idéntica perplejidad llegaríamos si quisiéramos averiguar a qué nación corresponde patentar como aborigen el monólogo interior, ese recurso clave de la narrativa moderna. ¿A Francia, por Edouard Dujamdin, el mediocre novelista que al parecer fue el primero en usarlo? ¿A Irlanda, por el célebre monólogo de Molly Bloom en el Ulises de Joyce, que lo entronizó en el ámbito literario? ¿O a Estados Unidos donde, gracias a la hechicería de un Faulkner, adquirió flexibilidad y suntuosidad insospechadas? Por este camino —el del nacionalismo— se llega en el campo de la cultura, tarde o temprano, a la confusión y al disparate.

Lo cierto es que en este dominio, aunque parezca extraño, lo propio y lo ajeno se confunden, y la originalidad no está reñida con las influencias y aun con la imitación y hasta el plagio; y que el único modo en que una cultura puede florecer es en estrecha interdependencia con las otras.

Quien trata de impedirlo no salva la “cultura nacional”: la mata.

Quisiera dar unos ejemplos de lo que digo, tomados del quehacer que me es más afín: el literario. No es difícil mostrar que los escritores latinoamericanos que han dado a nuestras letras un sello más personal fueron, en todos los casos, aquellos que mostraron menos complejos de inferioridad frente a los valores culturales forasteros y se sirvieron de ellos a sus anchas y sin el menor escrúpulo a la hora de crear.

Si la poesía hispanoamericana moderna tiene una partida de nacimiento y un padre, ellos son el modernismo y su fundador, Rubén Darío.

¿Es posible concebir un poeta más “dependiente” y más “colonizado” por modelos extranjeros de este nicaragüense universal? Su amor desmedido y casi patético por los simbolismos y parnasianos franceses, su cosmopolitismo vital, esa beatería enternecedora con que leyó, admiró y se empeñó en aclimatar a las modas literarias del momento su propia poesía, no hicieron de ésta un simple epígono, una “poesía subdesarrollada y dependiente”.

Todo lo contrario.

Utilizando con soberbia libertad, dentro del arsenal de la cultura de su tiempo, todo lo que sedujo su imaginación, sus sentimientos y su instinto, combinando con formidable irreverencia esas fuentes disímiles en las que se mezclaban la Grecia de los filósofos y los trágicos, con la Francia licenciosa y cortesana del siglo XVIII, con la España del Siglo de Oro y con su experiencia americana, Rubén Darío llevó a cabo la más profunda revolución experimentada por la poesía española desde los tiempos de Góngora y Quevedo, rescatándola del academicismo tradicional en que languidecía e instalándola de nuevo, como cuando los poetas españoles del XVI y el XVII, a la vanguardia de la modernidad.

El caso de Darío es el de casi todos los grandes artistas y escritores; es el de Machado de Assis, en el Brasil, que jamás hubiera escrito su hermosa comedia humana sin haber leído antes la de Balzac; es el caso de Vallejo en el Perú, cuya poesía aprovechó todos los ismos que agitaron la vida literaria en América Latina y en Europa entre las dos guerras mundiales, y es, en nuestros días, el caso de un Octavio Paz en México y el de un Borges en Argentina.

Detengámonos un segundo en este último. Sus cuentos, ensayos y poemas son, seguramente, los que mayor impacto han causado en otras lenguas de autor contemporáneo de nuestro idioma y su influencia se advierte en escritores de los países más diversos. Nadie como él ha contribuido tanto a que nuestra literatura sea respetada como creadora de ideas y formas originales. Pues bien, ¿hubiera sido posible la obra de Borges sin “dependencias” extranjeras? ¿No nos llevaría el estudio de sus influencias por una variopinta y fantástica geografía cultural a través de los continentes, las lenguas y las épocas históricas?

Borges es un diáfano ejemplo de cómo la mejor manera de enriquecer con una obra original la cultura de la nación en que uno ha nacido y el idioma en el que escribe es siendo, culturalmente, un ciudadano del mundo.

La manera como un país fortalece y desarrolla su cultura es abriendo sus puertas y ventanas, de par en par, a todas las corrientes intelectuales, científicas y artísticas, estimulando la libre circulación de las ideas, vengan de donde vengan, de manera que la tradición y la experiencia propias se vean constantemente puestas a prueba, y sean corregidas, completadas y enriquecidas por las de quienes, en otros territorios y con otras lenguas y diferentes circunstancias, comparten con nosotros las miserias y las grandezas de la aventura humana. Sólo así, sometida a ese reto y aliento continuo, será nuestra cultura —auténtica, contemporánea y creativa— la mejor herramienta de nuestro progreso económico y social.

Condenar el “nacionalismo cultural” como una atrofia para la vida espiritual de un país no significa, por supuesto, desdeñar en lo más mínimo las tradiciones y modos de comportamiento nacionales o regionales ni objetar que ellos sirvan, incluso de manera primordial, a pensadores, artistas, técnicos e investigadores del país para su propio trabajo.

Significa, únicamente, reclamar, en el ámbito de la cultura, la misma libertad y el mismo pluralismo que deben reinar en lo político y en lo económico en una sociedad democrática. La vida cultural es más rica mientras es más diversas y mientras más libre e intenso es el intercambio y la rivalidad de ideas en su seno.

Los peruanos estamos en una situación de privilegio para saberlo, pues nuestro país es un mosaico cultural en el que coexisten o se mezclan “todas las sangres”, como escribió Arguedas: las culturas prehispánicas y España, y todo el Occidente que vino a nosotros con la lengua y la historia española; la presencia africana, tan viva en nuestra música; las inmigraciones asiáticas y ese haz de comunidades amazónicas con sus idiomas, leyendas y tradiciones.

Esas voces múltiples expresan por igual al Perú, país plural, y ninguna tiene más derecho que otra a atribuirse mayor representatividad. En nuestra literatura, advertimos parecida abundancia. Tan peruano es Martín Adán, cuya poesía no parece tener otro asiento ni ambición que el lenguaje; como José María Eguren, que creía en las hadas y resucitaba en su casita de Barranco personajes de los mitos nórdicos; o como José María Arguedas que transfiguró el mundo de los Andes en sus novelas, o como César Moro que escribió su más bellos poemas en francés.

Extranjerizante a veces y a veces folklórica, tradicional con algunos y vanguardista con otros, costeña, serrana o selvática, realista o fantástica, hispanizante, afrancesada, indigenista o norteamericanizada, en su contradictoria personalidad nuestra literatura expresa esa complejidad y múltiple verdad que somos. Y la expresa porque ella ha tenido la fortuna de desenvolverse con una libertad de la que no hemos disfrutado siempre los peruanos de carne y hueso.

Nuestros dictadores eran tan incultos que privaban de libertad a los hombres, rara vez a los libros. Eso pertenece al pasado. Las dictaduras de ahora son ideológicas y quieren dominar también las ideas y los espíritus. Para eso se valen de pretextos, como el de que la cultura nacional debe ser protegida contra la infiltración foránea. Eso no es aceptable.

No es aceptable que con el argumento de defender la cultura contra el peligro de “desnacionalización”, los gobiernos establezcan sistemas de control del pensamiento y la palabra que, en verdad, no persiguen otro objetivo que impedir las críticas. No es aceptable que, con el argumento de preservar la pureza o la salud ideológica de la cultura, el Estado se atribuya una función rectora y carcelera del trabajo intelectual y artístico de un país.

Cuando esto ocurre, la vida cultural queda atrapada en la camisa de fuerza de una burocracia y se anquilosa, sumiendo a la sociedad en el letargo espiritual.

Para asegurar la libertad y el pluralismo cultural es preciso fijar claramente la función del Estado en este campo. Esta función sólo puede ser la de crear las condiciones más propicias para la vida cultural y la de inmiscuirse lo menos posible en ella.

El Estado debe garantizar la libertad de expresión y el libre tránsito de las ideas, fomentar la investigación y las artes, garantizar el acceso a la educación y a la información de todos, pero no imponer ni privilegiar doctrinas, teorías o ideologías, sino permitir que éstas florezcan y compitan libremente.

Ya sé que es difícil y casi utópico conseguir esa neutralidad frente a la vida cultural del Estado de nuestros días, ese elefante tan grande y tan torpe que con sólo moverse causa estragos. Pero si no conseguimos controlar sus movimientos y reducirlos al mínimo indispensable, acabará pisoteándonos y devorándonos.

No repitamos, en nuestros días, el error de los indios mapuches, combatiendo supuestos enemigos extranjeros, sin advertir que los principales obstáculos que tenemos que vencer están dentro de nosotros mismos.

Los desafíos que debemos enfrentar, en el campo de la cultura, son demasiado reales y grandes para, además, inventarnos dificultades imaginarias como las de potencias forasteras empeñadas en agredirnos culturalmente y en envilecer nuestra cultura.

No sucumbamos ante esos delirios de persecución ni ante la demagogia de los politicastros, convencidos de que todo vale en su lucha por el poder y que, si llegaran a ocuparlo, no vacilarían, en lo que concierne a la cultura, en rodearla de censuras y asfixiarla con dogmas, para, como “El Calígula” de Albert Camus, acabar con los contradictores y las contradicciones.

Quienes proponen esas tesis se llaman a sí mismos, por una de esas vertiginosas sustituciones mágicas de la semántica de nuestro tiempo, progresistas.

En realidad, son los retrógrados y oscurantistas contemporáneos los continuadores de esa sombría dinastía de carceleros del espíritu, como los llamó Nietzsche, cuyo origen se pierde en la noche de la intolerancia humana, y en la que destacan, idénticos y funestos a través de los tiempos, los inquisidores medievales, los celadores de la ortodoxia religiosa, los censores políticos y los comisarios culturales fascistas y estalinistas.

Además del dogmatismo y la falta de libertad, de las intrusiones burocráticas y los prejuicios ideológicos, otro peligro ronda el desarrollo de la cultura en cualquier sociedad contemporánea: la sustitución del producto cultural genuino por el producto seudocultural, impuesto masivamente en el mercado a través de los grandes medios de comunicación. Esta es una amenaza cierta y gravísima, y sería insensato restarle importancia.

La verdad es que estos productos seudoculturales son ávidamente consumidos, y ofrecen a una enorme masa de hombres y mujeres un simulacro de vida intelectual, embotándoles la sensibilidad, extraviándoles el sentido de los valores artísticos y anulándolos para la verdadera cultura.

Es imposible que un lector cuyos gustos literarios se han establecido leyendo a Corín Tellado aprecie a Cervantes o a Cortázar, o que otro, que ha aprendido todo lo que sabe en el Reader’s Digest, haga el esfuerzo necesario para profundizar en un área cualquiera del conocimiento, y que mentes condicionadas por la publicidad se atrevan a pensar por cuenta propia.

La chabacanería y el conformismo, la chatura intelectual y la indigencia artística, la miseria formal y moral de estos productos seudoculturales afectan profundamente la vida espiritual de un país. Pero es falso que éste sea un problema infligido a los países subdesarrollados por los desarrollados.

Es un problema que unos y otros compartimos, que resulta del adelanto tecnológico de las comunicaciones y del desarrollo de la industria cultural, y al que ningún país del mundo, rico o pobre, adelantado o atrasado, ha dado aún solución.

En la culta Inglaterra el escritor más leído no es Anthony Burgess ni Graham Greene, sino Barbara Cartland y las telenovelas que hacen las delicias del público francés son tan ruines como las mexicanas o norteamericanas.

La solución de este problema no consiste, por supuesto, en establecer censuras que prohíban los productos seudoculturales y den luz verde a los culturales. La censura no es nunca una solución, o, mejor dicho, es la peor solución, la que siempre acarrea males peores que los que quiere resolver.

Las culturas “protegidas” se tiñen de oficialismo y terminan adoptando formas más caricaturales y degradadas que las que surgen, junto con los auténticos productos culturales, en las sociedades libres.

Ocurre que la libertad, que en este campo es también, siempre, la mejor opción, tiene un precio que hay que resignarse a pagar. El extraordinario desarrollo de los medios de comunicación ha hecho posible, en nuestra época, que la cultura que en el pasado fue, por lo menos en sus formas más ricas y elevadas, patrimonio de una minoría, se democratice y esté en condiciones de llegar, por primera vez en la historia, a la inmensa mayoría.

Esta es una posibilidad que debe entusiasmarnos.

Por primera vez existen las condiciones técnicas para que la cultura sea de veras popular. Es, paradójicamente, esta maravillosa posibilidad la que ha favorecido la aparición y el éxito de la industria multitudinaria de productos semiculturales.

Pero no confundamos el efecto con la causa. Los medios de comunicación masivos no son culpables del uso mediocre o equivocado que se haga de ellos. Nuestra obligación es conquistarlos para la verdadera cultura, elevando mediante la educación y la información el nivel del público, volviendo a éste cada vez más riguroso, más inquieto y más crítico, y exigiendo sin tregua a quienes controlan estos medios —el Estado y las empresas particulares— una mayor responsabilidad y un criterio más ético en el empleo que les dan.

Pero es, sobre todo a los intelectuales, técnicos, artistas y científicos, a los productores culturales de todo orden, a quienes les incumbe una tarea audaz y formidable: asumir nuestro tiempo, comprender que la vida cultural no puede ser hoy, como ayer, una actividad de catacumbas, de clérigos encerrados en conventos o academias, sino algo a lo que puede y debe tener acceso el mayor número. Esto exige una reconversión de todo el sistema cultural, que abarque desde un cambio de sicología en el productor individual y de sus métodos de trabajo, hasta la reforma radical de los canales de difusión y medio de promoción de los productos culturales; una revolución, en suma, de consecuencias difíciles de prever.


La batalla será larga y difícil, sin duda, pero la perspectiva de lo que significaría el triunfo debería darnos fuerza moral y coraje para librarla, es decir, la posibilidad de un mundo en el que, como quería Lautréamont para la poesía, la cultura sea por fin de todos, hecha por todos y para todos.

Octubre 22, 2009.

Friday, July 25, 2014

Enrique Krauze: Decálogo del Populismo Iberoamericano





El populismo en Iberoamérica ha adoptado una desconcertante amalgama de posturas ideológicas. Izquierdas y derechas podrían reivindicar para sí la paternidad del populismo, todas al conjuro de la palabra mágica: "pueblo". Populista quintaesencial fue el general Juan Domingo Perón, quien había atestiguado directamente el ascenso del fascismo italiano y admiraba a Mussolini al grado de querer "erigirle un monumento en cada esquina". Populista posmoderno es el comandante Hugo Chávez, quien venera a Castro hasta buscar convertir a Venezuela en una colonia experimental del "nuevo socialismo". Los extremos se tocan, son cara y cruz de un mismo fenómeno político cuya caracterización, por tanto, no debe intentarse por la vía de su contenido ideológico, sino de su funcionamiento. Propongo 10 rasgos específicos.

1) El populismo exalta al líder carismático.

No hay populismo sin la figura del hombre providencial que resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo. "La entrega al carisma del profeta, del caudillo en la guerra o del gran demagogo", recuerda Max Weber, "no ocurre porque lo mande la costumbre o la norma legal, sino porque los hombres creen en él. Y él mismo, si no es un mezquino advenedizo efímero y presuntuoso, 'vive para su obra'. Pero es a su persona y a sus cualidades a las que se entrega el discipulado, el séquito, el partido".

2) El populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella.

La palabra es el vehículo específico de su carisma. El populista se siente el intérprete supremo de la verdad general y también la agencia de noticias del pueblo. Habla con el público de manera constante, atiza sus pasiones, "alumbra el camino", y hace todo ello sin limitaciones ni intermediarios. Weber apunta que el caudillaje político surge primero en los Estado-ciudad del Mediterráneo en la figura del "demagogo". Aristóteles (Política, V) sostiene que la demagogia es la causa principal de "las revoluciones en las democracias" y advierte una convergencia entre el poder militar y el poder de la retórica que parece una prefiguración de Perón y Chávez: "En los tiempos antiguos, cuando el demagogo era también general, la democracia se transformaba en tiranía; la mayoría de los antiguos tiranos fueron demagogos". Más tarde se desarrolló la habilidad retórica y llegó la hora de los demagogos puros: "Ahora quienes dirigen al pueblo son los que saben hablar". Hace veinticinco siglos esa distorsión de la verdad pública (tan lejana a la democracia como la sofística de la filosofía) se desplegaba en el Ágora real; en el siglo XX lo hace en el Ágora virtual de las ondas sonoras y visuales: de Mussolini (y de Goebbels) Perón aprendió la importancia política de la radio, que Evita y él utilizarían para hipnotizar a las masas. Chávez, por su parte, ha superado a su mentor Castro en utilizar hasta el paroxismo la oratoria televisiva.

3) El populismo fabrica la verdad.

Los populistas llevan hasta sus últimas consecuencias el proverbio latino "Vox populi, Vox dei". Pero como Dios no se manifiesta todos los días y el pueblo no tiene una sola voz, el gobierno "popular" interpreta la voz del pueblo, eleva esa versión al rango de verdad oficial, y sueña con decretar la verdad única. Como es natural, los populistas abominan de la libertad de expresión. Confunden la crítica con la enemistad militante, por eso buscan desprestigiarla, controlarla, acallarla. En la Argentina peronista, los diarios oficiales y nacionalistas -incluido un órgano nazi- contaban con generosas franquicias, pero la prensa libre estuvo a un paso de desaparecer. La situación venezolana, con la "ley mordaza" pendiendo como una espada sobre la libertad de expresión, apunta en el mismo sentido: terminará aplastándola.

4) El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos.

No tiene paciencia con las sutilezas de la economía y las finanzas. El erario es su patrimonio privado que puede utilizar para enriquecerse y/o para embarcarse en proyectos que considere importantes o gloriosos, sin tomar en cuenta los costos. El populista tiene un concepto mágico de la economía: para él, todo gasto es inversión. La ignorancia o incomprensión de los gobiernos populistas en materia económica se ha traducido en desastres descomunales de los que los países tardan decenios en recobrarse.

5) El populista reparte directamente la riqueza.

Lo cual no es criticable en sí mismo (sobre todo en países pobres hay argumentos sumamente serios para repartir en efectivo una parte del ingreso, al margen de las costosas burocracias estatales y previniendo efectos inflacionarios), pero el populista no reparte gratis: focaliza su ayuda, la cobra en obediencia.

"¡Ustedes tienen el deber de pedir!", exclamaba Evita a sus beneficiarios.

Se creó así una idea ficticia de la realidad económica y se entronizó una mentalidad becaria. Y al final, ¿quién pagaba la cuenta? No la propia Evita (que cobró sus servicios con creces y resguardó en Suiza sus cuentas multimillonarias), sino las reservas acumuladas en décadas, los propios obreros con sus donaciones "voluntarias" y, sobre todo, la posteridad endeudada, devorada por la inflación. En cuanto a Venezuela (cuyo caudillo parte y reparte los beneficios del petróleo), hasta las estadísticas oficiales admiten que la pobreza se ha incrementado, pero la improductividad del asistencialismo (tal como Chávez lo practica) sólo se sentirá en el futuro, cuando los precios se desplomen o el régimen lleve hasta sus últimas consecuencias su designio dictatorial.

6) El populista alienta el odio de clases.

"Las revoluciones en las democracias", explica Aristóteles, citando "multitud de casos", "son causadas sobre todo por la intemperancia de los demagogos". El contenido de esa "intemperancia" fue el odio contra los ricos: "Unas veces por su política de delaciones... y otras atacándolos como clase (los demagogos) concitan contra ellos al pueblo". Los populistas latinoamericanos corresponden a la definición clásica, con un matiz: hostigan a "los ricos" (a quienes acusan a menudo de ser "antinacionales"), pero atraen a los "empresarios patrióticos" que apoyan al régimen. El populista no busca por fuerza abolir el mercado: supedita a sus agentes y los manipula a su favor.

7) El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales.

El populismo apela, organiza, enardece a las masas. La plaza pública es un teatro donde aparece "Su Majestad El Pueblo" para demostrar su fuerza y escuchar las invectivas contra "los malos" de dentro y fuera. "El pueblo", claro, no es la suma de voluntades individuales expresadas en un voto y representadas por un Parlamento; ni siquiera la encarnación de la "voluntad general" de Rousseau, sino una masa selectiva y vociferante que caracterizó otro clásico (Marx, no Carlos, sino Groucho): "El poder para los que gritan el poder para el pueblo".

8) El populismo fustiga por sistema al "enemigo exterior".

Inmune a la crítica y alérgico a la autocrítica, necesitado de señalar chivos expiatorios para los fracasos, el régimen populista (más nacionalista que patriota) requiere desviar la atención interna hacia el adversario de fuera. La Argentina peronista reavivó las viejas (y explicables) pasiones antiestadounidenses que hervían en Iberoamérica desde la guerra del 98, pero Castro convirtió esa pasión en la esencia de su régimen, un triste régimen definido por lo que odia, no por lo que ama, aspira o logra. Por su parte, Chávez ha llevado la retórica antiestadounidense a expresiones de bajeza que aun Castro consideraría (tal vez) de mal gusto. Al mismo tiempo hace representar en las calles de Caracas simulacros de defensa contra una invasión que sólo existe en su imaginación, pero que un sector importante de la población venezolana (adversa, en general, al modelo cubano) termina por creer.

9) El populismo desprecia el orden legal.

Hay en la cultura política iberoamericana un apego atávico a la "ley natural" y una desconfianza a las leyes hechas por el hombre. Por eso, una vez en el poder (como Chávez) el caudillo tiende a apoderarse del Congreso e inducir la "justicia directa" ("popular, bolivariana"), remedo de Fuenteovejuna que, para los efectos prácticos, es la justicia que el propio líder decreta. Hoy por hoy, el Congreso y la Judicatura son un apéndice de Chávez, igual que en Argentina lo eran de Perón y Evita, quienes suprimieron la inmunidad parlamentaria y depuraron, a su conveniencia, al Poder Judicial.

10) El populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal.

El populismo abomina de los límites a su poder, los considera aristocráticos, oligárquicos, contrarios a la "voluntad popular". En el límite de su carrera, Evita buscó la candidatura a la vicepresidencia de la República. Perón se negó a apoyarla. De haber sobrevivido, ¿es impensable imaginarla tramando el derrocamiento de su marido? No por casualidad, en sus aciagos tiempos de actriz radiofónica, había representado a Catalina la Grande. En cuanto a Chávez, ha declarado que su horizonte mínimo es el año 2020.

¿Por qué renace una y otra vez en Iberoamérica la mala yerba del populismo? Las razones son diversas y complejas, pero apunto dos. En primer lugar, porque sus raíces se hunden en una noción muy antigua de "soberanía popular" que los neoescolásticos del siglo XVI y XVII propagaron en los dominios españoles y que tuvo una influencia decisiva en las guerras de Independencia desde Buenos Aires hasta México. El populismo tiene, por añadidura, una naturaleza perversamente "moderada" o "provisional": no termina por ser plenamente dictatorial ni totalitario; por eso alimenta sin cesar la engañosa ilusión de un futuro mejor, enmascara los desastres que provoca, posterga el examen objetivo de sus actos, doblega la crítica, adultera la verdad, adormece, corrompe y degrada el espíritu público.

Para calibrar los peligros que se ciernen sobre la región, los líderes iberoamericanos y sus contrapartes españolas, reunidos todos en Salamanca, harían muy bien en releer a Aristóteles, nuestro contemporáneo. Desde los griegos hasta el siglo XXI, pasando por el aterrador siglo XX, la lección es clara: el inevitable efecto de la demagogia es "subvertir a la democracia".


Paul Fussell: Robert Graves and Good-bye to All That




Of all the memoirs of the Great War, the ‘stagiest’ is Robert Graves' Good-bye to All That, published first in 1929 but extensively rewritten for its reissue in 1957. Like James Boswell, who wrote in his journal (October 12, 1780), “I told Erskine I was to write Dr. Johnson’s life in scenes,” Graves might have said in 1929 that it was “in scenes” that he was going to write of the front-line war. And working up his memories into a mode of theater, Graves eschewed tragedy and melodrama in favor of farce and comedy, as if anticipating Friedrich Durrenmatt’s observation of 1954 that “comedy alone is suitable for us,” because “tragedy presupposes guilt, despair, moderation, lucidity, vision, and a sense of responsibility,” none of which we have got:

In the Punch-and Judy show of our century . . . there are no more guilty and also, no responsible men. It is always, “We couldn’t help it” and “We didn’t really want that to happen.” 

And indeed, things happen without anyone in particular being responsible for them. Everything is dragged along and everyone gets caught somewhere in the sweep of events. We are all collectively guilty, collectively bogged down in the sins of our fathers and of our forefathers . . . That is our misfortune, but not our guilt . . . Comedy alone is suitable for us.

And in Graves' view, not just comedy: something close to Comedy of Humors, a mode to which he is invited by the palpable character conventions of the army, with its system of ranks, its externalization of personality, its impatience with ambiguity or subtlety, and its arena of conventional “duties” with their invariable attendant gestures and “lines.” “Graves,” says Randall Jarrell, “is the true heir of Ben Jonson.” Luxuriating in character types, Graves has said few things more revealing about his art than this: “There is a fat boy in every school (even if he is not really fat), and a funny-man in every barrack-room (even if he is not really very funny). . . .”

In consideration of Good-bye to All That, it is well to clear up immediately the question of its relation to “fact”. J. M. Cohen is not the only critic to err badly by speaking of the book as “harshly factual” and by saying, “It is the work of a man who is not trying to create an effect.” Rather than calling it “a direct and factual autobiography,” Cohen would have done better to apply to it the term he attaches to Graves' Claudius novels. They are, he says, “comedies of evil.” Those who mistake Good-by to All That for a documentary autobiography (Cohen praises its “accurate documentation”) should find instructive Graves' essay “P.S. to ‘Good-bye to All That,’” published two years after the book appeared. Confessing that he wrote the book to make “a lump of money” (which he did – he was able to set himself up in Majorca on the royalties), he enumerates the obligatory “ingredients of a popular memoir:

I have more or less deliberately mixed in all the ingredients that I know are mixed into other popular books. For instance, while I was writing, I reminded myself that people like reading about food and drink, so I searched my memory for the meals that have had significance in my life and put them down. And they like reading about murders, so I was careful not to leave out any of the six or seven that I could tell about. Ghosts, of course. There must, in every book of this sort, be at least one ghost story with a possible explanation, and one without any explanation, except that it was a ghost. I put in three or four ghosts that I remembered.

And kings . . . . People also like reading about other people’s mothers.. . . And they like hearing about T .E. Lawrence, because he is supposed to be like a mystery man. . . . And, of course, the Prince of Wales.

People like reading about poets. I put in a lot of poets. . . . Then, of course, Prime Ministers . . . a little foreign travel is usually needed; I hadn’t done much of this, but I made the most of what I had. Sport is essential. . . . Other subjects of interest that could not be neglected were school episodes, love affairs (regular and irregular), wounds, weddings, religious doubts, methods of bringing up children, severe illnesses, suicides. But the best bet of all is battles, and I had been in two quite good ones – the first conveniently enough a failure, though set off by extreme heroism, the second a success, though a little clouded by irresolution.

So it was easy to write a book that would interest everybody. . . . And it was already roughly organized in my mind in the form of a number of short stories, which is the way that people find it easiest to be interested in the things that interest them. They like what they call “situations.”

Furthermore, “the most painful chapters have to be the jokiest.” Add ‘the best bet of all is battles” to “the most painful chapters have to be the jokiest” and divide by the idea of “situations” and you have the formula for Graves kind of farce.

“Anything processed by memory is fiction,” as the novelist Wright Morris has perceived. In Leviathan, Thomas Hobbes puts it this way: “Imagination and memory are but one thing, which for divers considerations hath divers names.” And in An Apology for Poetry, Sir Philip Sidney apprehends the ‘poetic’ – that is - fictional – element not just in all “history” but specifically in history touching on wars and battles:

Even historiographers (although their lips sound of things done, and verity be written in their foreheads) have been glad to borrow both fashion and perchance weight of poets . . . Herodotus . . . and all the rest that follow him either stole or usurped of poetry their passionate describing of passions, the many particularities of battle, which no man could affirm, or . . . .long orations put in the mouths of great kings and captains, which it is certain they never pronounced.

We expect a memoir dealing with a great historical event to “dramatize” things. With Graves we have to expect it more than with others, for he is “first and last,” as Jarrell sees, “a poet: in between he is a Graves.” A poet, we remember Aristotle saying, is one who has mastered the art of telling lies successfully, that is, dramatically, interestingly. And what is Graves? A Graves is a tongue-in-cheek neurasthenic farceur whose material is “facts.”

Asked by a television interviewer whether his view that homosexuality is caused by the excessive drinking of milk is “based on intuition or on what we would call scientific observation,” Graves replies: “On objective reasoning.” His “objective reasoning” here is as gratuitously outrageous as the anthropological scholarship of The White Goddess, the literary scholarship of his translation (with Omar Ali Shah) of The Rubaiyyat of Omar Khayyam, or the preposterous etymological arguments with which he peppers his essays.

But to put it so solemnly is to risk falling into Graves trap. It is to ignore the delightful impetuosity, the mastery, the throw-away fun of it all. Graves is a joker, a manic illusionist, whether gaily constructing flamboyant fictional anthropology, re-writing ancient “history,” flourishing erroneous or irrelevant etymology, over-emphasizing the importance of “Welsh verse theory,” or transforming the White Goddess from a psychological metaphor into a virtual anthropological “fact.” And the more doubtful his assertions grow, the more likely he is to modify them with adverbs like clearly or obviously. Being “a Graves” is a way of being scandalously “Celtish” (at school “I always claimed to be Irish,” he says in Good-bye to All That). It is a way – perhaps the only way left – of rebelling against the positivistic pretensions of non-Celts and satirizing the preposterous scientism of the twentieth century. His enemies are always the same: solemnity, certainty, complacency, pomposity, cruelty. And it was the Great War that brought them to his attention.

Actually, any man with some experience and a bent towards the literal can easily catch Graves out in his fictions and exaggerations. The unsophisticated George Coppard explodes one of his melodramatic facilities in Good-bye to All That with simple common sense. Graves asserts – it is a popular cynical vignette – that machine-gun crews often fired off several belts without pause to heat the water in the cooling jacket for making tea. Amusing but highly unlikely –Coppard quietly notes that no one wants tea laced with machine oil. Another of Graves machine-gun anecdotes collapses as “fact” upon inquiry. At one point he says:

There was a daily exchange of courtesies between our machine-guns and the German’ at stand-to; by removing cartridges from the ammunition belt one could rap out the rhythm of the familiar prostitutes call: “MEET me DOWN in PICC-a-DILLY,” to which the Germans would reply, though in slower tempo, because our guns were faster than theirs: “YES, with-OUT my DRAWERS ON!”

Very nice. But the fact is that if you remove the cartridges from the belt the gun stops working when the empty space encounters the firing mechanism. (These stories are like the popular legend that in a firing squad one man is given a rifle secretly loaded with a blank so that no member of the squad can be certain that he has fired one of the fatal bullets. But as attractive as this is as melodrama, there’s something wrong with it: the rifle containing the blank is the only one that will not recoil when fired, with the result that every man on the squad will end by knowing anyway. The story won’t do.)

But we are in no danger of being misled as long as we perceive that Good-bye to All That is no more “a direct and actual autobiography” than Sassoon’s memoirs. It is rather a satire, built out of anecdotes heavily influenced by the techniques of stage comedy. What Thomas Paine says of Burke’s Reflections on the Revolution in France applies directly: Burke, says Paine, makes “the whole machinery bend to produce a stage effect.” No one has ever denied the brilliance of Good-bye to All That, and no one has ever been bored by it. 

Its brilliance and compelling energy reside in its structural invention and in its perpetual resourcefulness in imposing patterns of farce and comedy onto the blank horrors or meaningless vacancies of experience. If it really were a documentary transcription of the actual, it would be worth very little, and would surely not be, as it is, infinitely re-readable. It is valuable just because it is not true in that way. Graves calls on paradox to suggest the way it is true:

The memoirs of a man who went through some of the worst experiences of trench warfare are not truthful if they do not contain a high proportion of falsities. High-explosive barrages will make a temporary liar or visionary of anyone; the old trench-mind is at work in all, over-estimation of casualties, “unnecessary” dwelling on horrors, mixing of dates and confusion between trench rumors and scenes actually witnessed.

In recovering ‘the old [theatrical] trench-mind” for the purposes of writing the book, Graves performed a triumph of personal show business.

He was in an especially rebellious mood when he dashed off he book in eight weeks during May, June, and July of 1929 and then sent the manuscript to Jonathan Cape. His marriage with Nancy Nicolson had just come apart, he owed money, he had quarreled with most of his friends, his view of English society had become grossly contemptuous, and he was still ridden by his wartime neurasthenia, which manifested itself in frequent bursts of tears and bouts of twitching. His task as he wrote was to make money by interesting an audience he despised and proposed never to see again the minute he was finished. Relief at having done with them all is the emotion that finally works itself loose from the black humor which dominates most of the book.



Wislawa Szymborska: Perspectiva





Se cruzaron como dos desconocidos,
sin gestos ni palabras,
ella de camino a la tienda
él de camino hacia el coche.
Quizá entre la consternación,
o el desconcierto,
o la inadvertencia,
de que por un breve instante
se amaron para siempre.
No hay sin embargo garantía
de que fueran ellos.
Quizá de lejos sí,
pero de cerca en absoluto.
Los vi desde la ventana,
y quien mira desde arriba
se equivoca con mayor facilidad.
Ella desapareció tras una puerta de cristal,
él subió al coche
y arrancó rápidamente.
Así que no pasó nada
ni siquiera si pasó.
Y yo sólo por un momento
segura de lo que vi,
intento ahora en un poema casual
convenceros a Vosotros, Lectores,
de que aquello fue triste.